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Estrés: cuando el cuerpo habla antes que las palabras.

El estrés es una respuesta natural del cuerpo ante situaciones que percibimos como exigentes o amenazantes. En la adolescencia —y también en la vida adulta— puede aparecer por exámenes, presiones académicas, conflictos familiares o sociales. No todo estrés es negativo: en dosis adecuadas, activa, motiva y ayuda a rendir. El problema surge cuando se vuelve constante o intenso y empieza a afectar el bienestar físico y emocional.

Luchar o huir: una respuesta automática

Cuando el cerebro detecta una amenaza, el cuerpo entra en modo lucha o huida. Se liberan hormonas como la adrenalina, aumenta la frecuencia cardíaca y la energía se dirige a los músculos. Esta reacción fue clave para la supervivencia, pero hoy se activa también frente a situaciones que no ponen en riesgo la vida, como un examen o una preocupación persistente.

  • Lucha: el cuerpo se prepara para enfrentar la situación.

  • Huida: el cuerpo busca evitarla o escapar de ella.

El conflicto aparece cuando este mecanismo se activa de manera continua.

¿Qué detona el estrés?

Los detonantes pueden ser externos (lo que ocurre alrededor) o internos (la forma en que interpretamos lo que ocurre).

Algunos detonantes frecuentes son:

  • Exceso de tareas y deberes

  • Exámenes y presión académica

  • Expectativas de logro y desempeño

  • Relaciones con amistades o parejas

  • Uso constante de redes sociales

  • Falta de organización del tiempo

Reconocer los detonantes es el primer paso para regular el estrés.

Señales de alerta: cuando el estrés se manifiesta

El estrés no siempre se expresa con palabras. A menudo aparece a través del cuerpo y las emociones:

Señales físicas

  • Cansancio persistente

  • Dolor de cabeza

  • Molestias digestivas

  • Problemas para dormir

  • Dolor en el pecho o palpitaciones

Señales emocionales

  • Irritabilidad o enfado

  • Ansiedad

  • Sensación de vulnerabilidad

  • Tristeza o desmotivación

Estas señales no deben ignorarse: son información valiosa.

Estrés “bueno” y estrés “malo”

El estrés bueno impulsa la acción y el aprendizaje.

El estrés malo aparece cuando la exigencia supera la capacidad de adaptación y no hay espacios de recuperación. En ese punto, el estrés deja de ser funcional y comienza a desgastar.

¿Cómo afrontarlo?

No se trata de eliminar el estrés, sino de aprender a regularlo:

  • Descansar: el cuerpo necesita pausas reales.

  • Dormir bien: el sueño es un regulador emocional clave.

  • Hablar: expresar lo que se siente reduce la carga interna.

  • Mover el cuerpo: la actividad física ayuda a liberar tensión.

Como recordatorio fundamental:

La mayor arma contra el estrés es nuestra capacidad de elegir un pensamiento y no otro.

El estrés no es una falla personal ni una debilidad. Es una señal. Escucharlo, comprenderlo y responder de forma consciente es una habilidad que se puede aprender y entrenar.


 
 
 

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