Estrés: cuando el cuerpo habla antes que las palabras.
- psipatriciaplata
- hace 6 días
- 2 Min. de lectura
El estrés es una respuesta natural del cuerpo ante situaciones que percibimos como exigentes o amenazantes. En la adolescencia —y también en la vida adulta— puede aparecer por exámenes, presiones académicas, conflictos familiares o sociales. No todo estrés es negativo: en dosis adecuadas, activa, motiva y ayuda a rendir. El problema surge cuando se vuelve constante o intenso y empieza a afectar el bienestar físico y emocional.
Luchar o huir: una respuesta automática
Cuando el cerebro detecta una amenaza, el cuerpo entra en modo lucha o huida. Se liberan hormonas como la adrenalina, aumenta la frecuencia cardíaca y la energía se dirige a los músculos. Esta reacción fue clave para la supervivencia, pero hoy se activa también frente a situaciones que no ponen en riesgo la vida, como un examen o una preocupación persistente.
Lucha: el cuerpo se prepara para enfrentar la situación.
Huida: el cuerpo busca evitarla o escapar de ella.
El conflicto aparece cuando este mecanismo se activa de manera continua.
¿Qué detona el estrés?
Los detonantes pueden ser externos (lo que ocurre alrededor) o internos (la forma en que interpretamos lo que ocurre).
Algunos detonantes frecuentes son:
Exceso de tareas y deberes
Exámenes y presión académica
Expectativas de logro y desempeño
Relaciones con amistades o parejas
Uso constante de redes sociales
Falta de organización del tiempo
Reconocer los detonantes es el primer paso para regular el estrés.

Señales de alerta: cuando el estrés se manifiesta
El estrés no siempre se expresa con palabras. A menudo aparece a través del cuerpo y las emociones:
Señales físicas
Cansancio persistente
Dolor de cabeza
Molestias digestivas
Problemas para dormir
Dolor en el pecho o palpitaciones
Señales emocionales
Irritabilidad o enfado
Ansiedad
Sensación de vulnerabilidad
Tristeza o desmotivación
Estas señales no deben ignorarse: son información valiosa.
Estrés “bueno” y estrés “malo”
El estrés bueno impulsa la acción y el aprendizaje.
El estrés malo aparece cuando la exigencia supera la capacidad de adaptación y no hay espacios de recuperación. En ese punto, el estrés deja de ser funcional y comienza a desgastar.
¿Cómo afrontarlo?
No se trata de eliminar el estrés, sino de aprender a regularlo:
Descansar: el cuerpo necesita pausas reales.
Dormir bien: el sueño es un regulador emocional clave.
Hablar: expresar lo que se siente reduce la carga interna.
Mover el cuerpo: la actividad física ayuda a liberar tensión.
Como recordatorio fundamental:
La mayor arma contra el estrés es nuestra capacidad de elegir un pensamiento y no otro.
El estrés no es una falla personal ni una debilidad. Es una señal. Escucharlo, comprenderlo y responder de forma consciente es una habilidad que se puede aprender y entrenar.



Comentarios